venres, 16 de xaneiro de 2015

A Paisaxe Postdiluvial


A paisaxe prístina de Galicia


Benito Vicetto Pérez [1824, 1878], de pai italiano e nai ferrolana, ingresa aos 12 anos no Colexio de Guardamarinas e Pilotos da cidade departamental onde obtén a súa formación académica. Á morte da súa nai alístase no exército, participando como voluntario na primeira Guerra Carlista (1833-1840).  Finalizada a guerra trasládase a Madrid incorporándose no Coiro de Alabardeiros. En 1850 abandona a carreira militar e obtén unha praza de oficial de prisións sendo destinado a Sevilla. En 1852 é trasladado a Coruña onde permanecerá ata 1855, para ocupar a praza de comandante da prisión de Alcalá de Henares, regresando de novo a Coruña en 1859. En 1861 pide o traslado a Toledo, pasando posteriormente por distintos destinos (Ceuta, Granada e Barcelona), ata regresar a Coruña, onde renuncia á súa carreira. 

Tras a proclamación de A Gloriosa, a fuxida de Isabel II, o goberno do Xeneral Prim (1868-1870), noméao superintendente da fábrica de moeda de Xuvía, onde permanece ata 1876, pasando posteriormente a desempeñar o posto de xefe de negociado no Goberno Civil, deixando este emprego ao xubilarse e retirarse a Ferrol, onde morre en 1878. Vicetto foi un prolífico autor, cultivando a novela, o ensaio, o teatro, a novela e o periodismo. A súa obra máis coñecida é "Historia de Galicia", escrita en 1865 e estruturada en 7 tomos, que abranguen dende a Prehistoria ata o ano 1823.

Benito Vicetto Pérez [1824, 1878]
Centrándonos nos capítulos referidos á Prehistoria de Galicia, Vicetto realiza un relato novelesco, en parte inventado e en parte deducido doutros escritos previos nos que se mantén a visión bíblica da formación da Terra, asumindo etapas e períodos que foron obxecto de discusión por Santo Agustín Agustín [345,430] e posteriormente por Juan Calvino [1509,1564], Armagh James Ussher [1581,1656], John Lightfoot [1602,1675], pero que a mediados do Século XIX xa non eran asumidas por científicos e historiadores.

Vicetto identifica a paisaxe prístina, formada tras as retiradas das augas do diluvio universal, como unha paisaxe na que os bosques cobren os vales e as montañas; "xurdindo con profusión nos vales, prolongábanse polas pendentes rápidas, dominando as xigantes curvas e os rectos obeliscos das montañas".  Máis tarde, todo cambiou: mil e mil animais daniños chegaron aos nosos vales e ás nosas montañas, onde se goreceron impunemente. Os bosques transformáronse en fragas e malezas; e os lagos convertéronse en lagoas e pantanos onde se abrigaban as cobras e outros réptiles.

A consideración negativa da fauna silvestre, especialmente do lobo, xabaril, e do oso, así como cobras e outros réptiles, ou de determinados tipos de ecosistemas; lagoas e pantanos, non resulta nada estraña para a época na que Vicetto escribe a súa Historia de Galicia. Fobias que na actualidade aínda se manteñen entre determinados sectores da Galicia del Siglo XXI.


HISTORIA DE GALICIA
Benito Vicetto (1865)


Primer Periodo: GALICIA PRIMITIVA.
Desde 2.416 á. 2.332 antes del nacimiento de Jesús.

I

Al retirarse las aguas del Diluvio, cuando la última onda, turbia y perezosa, se desvaneció en el azul trémulo del mar de nuestras costas, por una de esas reacciones admirables en el orden de la naturaleza, los valles y las montañas empezaron á cubrirse de verdor en poco tiempo; vegetación que elevaba á los cielos sus emanaciones virginales, como si la tierra, reconocida a las bondades de Dios, se inmaterializara en perfumes.


Lagos risueños y encantadores, cuyas purísimas aguas reposaban de la ebullición rugidora del Diluvio, esmaltaban sobre aquel delicioso esmeralda de los campos sus diáfanos Cristales; cristales que reflejaban con la mayor riqueza de luz la plata de los celajes, y la púrpura de los arreboles del horizonte.

Flores de encendidas tintas, de lujosos matices y de la más grata esencia, alzaban a los aires sus corolas mágicas, lo mismo en las suaves declinaciones de las marinas, que en las ondas de rocas de los desfiladeros sombríos. Arboles de variadas formas, de caprichosas hojas y de exquisitos. Dorados y aromáticos frutos, surgiendo con profusión en los valles, se prolongaban por las pendientes rápidas, dominando las gigantes curvas y los rectos obeliscos de las montañas.

Los ríos extendían su aljófar sobre las arenas de oro de sus álveos.

Y la atmósfera, purísima y perfumada, sin que la más leve espiral de humo o polvo la empañara, parecía de topacio y azahar.

Tal era Galicia.

El Jardín del Eden de Jan Brueghel el Viejo

Las aguas del Diluvio absorbieran en sus olas bramadoras al mundo corrompido, según la voluntad de Dios; y por eso todo en la creación renacía á una nueva vida, de la manera más pura, virginal e inmaculada.

Galicia era entonces un vergel acariciado del Creador.

ll.

Sobre aquellos lagos, sobre aquellas flores, sobre aquellos árboles, sobre aquellos ríos de prístina belleza, de repente agitaron las ondas trasparentes dela atmósfera mil aves de colores, que parecían descender del cielo.

Entonces tuvo Galicia más armonías que las del cristal y la plata de sus mares, ríos, torrentes y cascadas: tuvo el canto de los ruiseñores y de otros innumerables y bellísimos colorines, que empezaron á morar en sus florestas gayas, y en sus enramadas poéticas.

Galicia era un verdadero Eden.

III.

Más tarde, todo cambió: mil y mil animales dañinos llegaron a nuestros valles y a nuestras montañas, donde se guarecieron impunemente. La irrupción de aquellos animales horribles, manchó con alientos fétidos la pureza de la atmósfera; las flores languidecieron bajo la planta del oso, del lobo y del jabalí; desapareció el fruto de los árboles, que abatieron sus copas bajo la inmunda planta de estos seres, hasta formar fragas y malezas; y los lagos se convirtieron en lagunas y pantanos donde se abrigaban las culebras y otros reptiles, y monstruos no menos fieras y temibles que los de los bosques.


Galicia dejó de ser el jardín acariciado por el Señor. Y solo presentaba el pavoroso aspecto de un antro de fieras; de fieras que se multiplicaban con una fecundidad extraordinaria; de fieras en lucha con las flores, los frutos y las aves.

Era el cuadro horroroso.


xoves, 8 de xaneiro de 2015

Azorín e Galiza (1917)


Azorín e a Paisaxe Galega. 

Unha visión do ano 1917.


José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [Monóvar, Alicante, 1873 - Madrid, 1967], máis coñecido polo seu pseudónimo Azorín, desenvolvemento unha intensa actividade como xornalista, crítico teatral, tradutor e escritor de ensaios e novelas, sendo un dos representantes máis gabados da xeración do 98. Nas súas primeiras obras profesa das ideas anarquistas: Anarquistas literarias (1895) e Notas sociais (1895), aínda que posteriormente as abandonará e se asenta na órbita do conservadorismo.


Dende 1904 asina as súas obras co pseudónimo de Azorín. Viaxeiro incansablemente por España, asumiu as ideas de Francisco Giner de los Ríos [1839, 1915,] e da Institución Libre de Ensino, ofrecéndonos unha peculiar imaxe das paisaxes españois, acorde coa súa idea da continuidade nacional, e coherentemente enmarcadas no horizonte intelectual da xeración do 98. Azorín escribiu en 1917. A paisaxe de España vista polos españois. Publicado pola Editorial Renacemento (Madrid), no cal dedica un capítulo á paisaxe de Galicia.

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [1873,1967], Azorín

GALICIA

Galicia y Rosalía de Castro. Al poner la pluma en el papel para estampar la palabra Galicia, ya nuestro espíritu había evocado — con viva, honda emoción— la figura de Rosalía de Castro. Hay en nuestro sentido del paisaje, de los caminos y de las ciudades un elemento puramente subjetivo. ¿Qué idea se forma de Galicia el autor de estas líneas? ¿Cómo siente Galicia? Para ir á Guipúzcoa, á San Sebastián,  tomamos, en las primeras horas de la noche, uno de esos cortos y lujosos trenes invertebrados: dos ó tres larguísimos vagones lo compo-nen; la viva luz que los ilumina hace resplandecer sus galerías acristaladas en la oscuridad de la campiña; con velocidad blanda y vertiginosa cruza los campos, salva las montañas, ladea las ciudades, cruza - á media noche, de madrugada— vastas estaciones, en que los focos eléctricos dejan caer su blanca y fría claror. Sobre los asientos de los coches acaso se ven revistas, libros, periódicos extranjeros. Cuando se llega á San Sebastián, en un soplo, sin sentir, no experimentamos cansancio alguno; ligeramente, desde el tren*, damos un salto y continuamos nuestra vida de Madrid; con otro paisaje, con otro ambiente, es la misma vida intensa, mundana, henchida de los mismos detalles é incidencias de la Corte. A dos pasos está Francia; por las carreteras, tan llanas como el piso de un salón, pasan cada minuto veloces los autos. En las calles, en los hoteles, vemos tipos cosmopolitas de todo pergeño y catadura...

Estación de Ferrocarril (A Coruña)
Volvamos la hoja: el viaje á Galicia, á La Coruña, es otra cosa. Ya, antes de dirigirnos á la estación, nos han hecho múltiples prevenciones sobre su lentitud y desamparo. En la estación, á prima tarde, montamos en un tren largo, viejo y lóbrego; un tren que recuerda 1880, Romero Robledo, los primeros dramas de Echegaray, Frascuelo, Vico. Lentamente comienza á andar el convoy los coches van casi vacíos; en la soledad, en la lentitud y en el silencio, nos disponemos á meditar, á leer un libro ó un periódico. Las horas van pasando iguales y monótonas; nuestro cerebro está lleno de los tableteos, chirridos y estrépito de este tren arcaico y pausado.

¿Es á la mañana siguiente, en las primeras horas, cuando al despertar de un sueño intranquilo y casi febril, escuchamos el clo-clo de unas almadreñas sobre el pavimento de un andén? ¡Momento de intensa emoción! Una luz vaga y turbia entra por las ventanillas del coche; cae una lluvia fina, cernida, menudita; el tren se ha detenido en una estación; en el silencio se percibe la voz de una viejecita — que columbramos con sus sayas á la cabeza , una voz que dice unas misteriosas palabras dulces, insinuantes, encantadoras, de un atractivo supremo. ¡Momento de inmensa emoción! ¡Qué lejos estamos ya de Madrid y de sus tráfagos mundanos, de su literatura y de su política! Este tren tan lento, este largo viaje, este despertar y esta parla melodiosa, nos han dado la sensación de que estamos en un país remoto, tal vez en otros siglos. La campiña se descubre ante nuestros ojos: todo es verde bajo la lluvia fina en un cielo nuboso. De tarde en tarde, en un paso á nivel, una campesina se nos muestra inmóvil con un pañuelo rojo en la cabeza; luego, en las estaciones, vemos los mismos pañuelos rojos; más tarde, en un campo, en un camino, otra labriega hace resaltar sobre el verde el pañuelo rojo de su tocado. Y nuestro espíritu va hacia estas campesinas; se detiene con ellas; quisiera — hechizado por la voz escuchada antes en la estación— charlar con ellas, oirías esta parla tan dulce, reposar un instante en una de estas casitas que tan fugazmente aparecen y desaparecen al paso del tren, dejándonos una impresión de algo que no podríamos definir.

Torre de Hércules, A Coruña (1932)

En La Coruña, desde lo alto de la torre de Hércules, atalayamos el inmenso mar. Ya, siendo el mismo, no es éste el mar que contemplamos desde las playas mundanas de Guipúzcoa. Desde Madrid hasta aquí, parece como que hemos perdido la noción del tiempo y del espacio. Ahora, en este instante en que nos encontramos frente á la inmensidad, nos sentimos como envueltos en un ambiente que no hemos sentido jamás. ¿Ambiente de soledad, de apartamiento, de misterio? No lo sabemos; pero aquí, como en un cabo del mundo, como en un remoto pedazo de España que se entra hacia el mar, nuestro pensar y nuestro sentir son otros de los de antes.


Valle Inclan

Pero, diríase que este desconocimiento de la crítica, esta incomprensión y este postergamiento, eran necesarios, indispensables, para la obra de Rosalía de Castro. Tratándose de la contextura y espíritu de su poesía, no podemos imaginarnos lo contrario. Este desconocimiento largo, impenetrable y pertinaz, armoniza perfectamente, primero, con esa índole íntima de la lírica de Rosalía, y luego. Icón este alejamiento, con esta soledad! con esta callada paz de que hemos comenzado á gustar cuando el tren se ha internado por los campos gallegos.


En la lírica de Rosalía hay un profundo sentido del ambiente del paisaje de Galicia; pocos escritores reflejarán con tanta fidelidad un determinado medio. Rosalía, fina, sensitiva y dolorosa, ha traído al arte esos elementos de vaguedad, de melancolía, de misterio, de sentido difuso de la muerte, que más tarde han de alcanzar un desenvolvimiento tan espléndido en la obra de Valle-Inclán. 

Basten aquí estas indicaciones; nuestro objeto ahora es dar alguna muestra de cómo Rosalía de Castro ha sentido el paisaje de su tierra. Y repetimos que sería preciso leer toda la obra poética de Rosalía para gozar de sus paisajes, toda vez que  éstos van como infiltrados en sus versos. Aquí  copiaremos dos breves fragmentos de prosa. Pertenecen al prólogo de los Cantares gallegos. No queremos trasladarlos al castellano; perderían con ello el singularísimo encanto de la lengua gallega. En uno de estos fragmentos Rosalía nos da una visión total de España, y en el otro, como contraste, se desborda su férvido amor por la patria gallega.

Dice así el primero:  

Rosalía de Castro
Non quero ferir con esto á susceptibilidade de naide, anque á decir verdade, ben poidera pérdonarselle  este pequeño desafogo á que tan ferida foy de todos. Mais eu qu' atravesei repetidas veces aque'as soledades de Castilla, que dan idea d' ó deserto, eu que recorrin á feraz Extremadura e á extensa Mancha, dond'ó sol cal á promo alomeando monótonos campos, donde ó cor d' á palla seca prest'un tono cansado ó paisaxe que rinde e entristece ó esprito, sin unha herbiña que distraya á mirada que vai perderse nun ceo sin nubes, tan igual etan cansado com' á térra que  crobe; eu que visitei os celebrados arredores d' Alicante, dond' os olivos, có seu verd' escuro, sembrados en fíla e de raro en raro parecen chorar de verse tan solitarios, e vin aquela famosa horta de Murcia, tan nomeada, e tan alabada, e que cansada e monótona com' ó resto d' aquel paíse, amostra á sua vexetación tal como paisaxes pintados nun cartón con árbores postos simétricamente e en carreiriños para divertisión d' os nenos, eu non podo menos d' indignarme cand' os fillos d' esas provincias que Dios favorecen en fartura, pero non ná belleza d' os campos, búlranse d' esta Galicia competidora en clima e galanura c' os países más encantadores da térra; esta Galicia donde todo é espontaneo na naturaleza e en  donde á man do home cede ó seu posto á man de Dios.

Rosalía es un poco injusta en las anteriores líneas; pero sus palabras se explican. Cuando  escribía nuestro poeta existía cierto absurdo y  estólido prejuicio en contra de Galicia; hoy mismo (en Madrid, no en provincias, no en el resto de España) perdura entre el vulgo esta estúpida prevención hacia los gallegos. Rosalía, aparte de esto y con relación al paisaje, con los ojos empapados de la naturaleza norteña, era difícil que viera bien el atractivo que puede tener un panorama— algo teatral, cierto — de Valencia ó Murcia. A continuación nuestro poeta pasa á describir, con cuatro líneas, el espectáculo de su tierra.

Lagos, cascadas, torrentes, veigas froridas, valles, montañas, ceos azues e serenos com' os d' Italia, horizontes nubrados e malencónicos, anque sempre hermosos com'os ian alabados da Suiza; ribeiras apacibres e sereniñas, cabos tempestuosos qu' aterran e adimiran pó-la sua xigantesca e xorda cólera..., mares inmensos..., ¿qué direi máis? Non hay pruma que poida enumerar tanto encanto reunido. A térra cubería en toda-las estacions de herbiñas e de frores; os montes cheyos de pinos, de robres e salgueiros; os lixeiros ventos que pasan; as fontes y os torrentes derramándose fervedores e cristaiños, vran e invernó, xa pó-los risoños campos, xa en profundas e sombrisas ondanadas... Galicia é sempre un xardín donde se respiran aromas puros, frescura e poesía... 


¡Qué concisión y qué intensidad! En esas pocas palabras del gran poeta está toda Galicia. De Rosalía de Castro pasemos á Emilia Pardo Bazán. La obra de Pardo Bazán es considerable en la literatura castellana moderna. La novedad del esfuerzo de este escritor podemos situarlo entre Rosalía y Valle Inclán. Pardo Bazán aporta esta evolución del espíritu literario gallego, una cierta curiosidad intelectual, una mayor modernidad en la pintura del medio, una movilidad y flexibilidad de la técnica de que antes se carecía. Lo extranjero—una vez más -ha fecundizado el genio nativo haciéndole adquirir nuevos aspectos, nueva fuerza, mayor intensidad. Después de Rosalía, la modernidad y nerviosidad de Pardo Bazán ha hecho posible la floración de la obra de Vallé-Inclán. Del autor de La Prueba vamos á copiar un fragmento. Pardo Bazán pinta una de las montañas de su país. La página la transcribimos del libro De mi tierra. Oigamos á nuestro autor: 

Para quien ve esta montaña desde las ventanillas del tren, es una pendiente escueta y salvaje, en cuya cima, como nido de águila, con más trazas de castillo roquero que de santo cenobio, se yergue el monasterio. Para quien se interna en ella es un jard'n, un oasis, haciendo de arbustos floridos los magníficos castaños, cuyo olor embalsama la atmósfera mezclado con el de Iris frondosas retamas y uces. El castaño no nace aquí recto y grave como en los sotos, sino que brota por donde puede y se agarra á lo primero que encuentra y adopta la posición que le permite lo quebrado del terreno; alguno he visto salir de una roca colosal, sin que me fuese posible adivinar por dónde se buscaba la" vida su raigambre. Raro es el castaño que conserva entero su tronco; casi todos están huecos, más que huecos, raídos, excavados, tostados y hechos carbón, ya por la codicia del leñador, ya por el capricho del pastorcillo que allí se refugia a asar su magosto de castaña, y la ancha copa cargada de fruto se sostiene únicamente en un pedazo de corteza. En muchos, para evitar que continúe el desastre, el cultivador amontona dentro de la cavidad del tronco piedras y tierra, resultando cada castaño con un murallón interior — peregrina mezcla de vegetal y edificio.

Repito que desde lejos no es fácil darse cuenta de la amenidad paradisíaca de esta cumbre. Creeríase que la subida por sus escarpados flancos representa un trabajo muy fatigoso, y que el calor del sol ha de derretir la mollera. Ni hay lugar á sentirlo. Los castaños sombrean el camino, no con la fastidiosa uniformidad de árboles plantados simétricamente al borde de una carretera, sino con libertad y oportunidad tan feliz, que ya se adelantan, ya se retiran, dejando descubiertos trechos brevísimos, como para hacer percibir mejor el beneficio de su rumuroso toldo. El camino es calzada construida por los monjes, pedregosa, irregular, pues cuando les era posible aprovechaban la natural disposición de las rocas. Mil pintorescos accidentes le quitan toda monotonía; está sembrada de erizos y hoja de castaño; un liquen blanco como el armiño, suave y compacto como vellón de oveja, viste los grandes peñascos, que parecen sostenerse sin derrocarse sobre nuestras cabezas, gracias á un milagro de equilibrio; aquí un limpio riachuelo salta y se precipita en cascadas, coronado de grandes heléchos; un poco más allá encontramos la fontana de los monjes, alta arqueta de piedra, revestida de plantas parásitas, de moho verdoso, sobre el cual se desliza el agua hilo á hilo, como las lágrimas por las mejillas del triste. La fuente no tiene caño; lo improvisamos introduciendo una hoja de castaño en la grieta por donde rezuma el agua, y bebemos con deleite del cristalino manantial.

Estas montañas de Galicia, en la obra de Valle-Inclán reaparecen con un carácter milenario de misterio. Un crítico que estudiase la obra de Valle-Inclán tendría que examinar todo lo siguiente: momento en que el autor aparece; antecedentes de la obra; relación con la obra de los coetáneos; elementos tradicionales y elementos castizos; influencias; estética peculiar del autor; su correspondencia con la sociología; características en la idealización de la naturaleza y de los personajes; ambiente peculiar de Galicia- en las obras gallegas-, y  su relación con la realidad actual... La misma tarde de nuestra llegada á La Coruña, en el crepúsculo - un crepúsculo gris -, cuando volvíamos de contemplar el mar desde la torre de Hércules, vimos, al pasar frente al camposanto, una fila de viejecitas y viejecitos que estaban sentados en la puerta. Había - para nosotros - una íntima y escondida relación entre la vaguedad de la luz, la visión de un mar inmenso y fosco, el sentimiento de la muerte y todos estos viejecitos allí sentados silenciosos é inmóviles. ¡Teño medo d'unha cousa que vive e que non se ve!, exclamaba Rosalía - Y la originalidad, la honda, la fuerte originalidad de Valle Inclán consiste en haber traído al arte esta sensación de la Galicia triste y trágica, este algo que vive y que no se ve, esta difusa aprensión por la muerte, este siniestro presentir de la tragedia que se avecina, esta vaguedad, este misterio de los palacios centenarios y de las abruptas soledades. ¡Teño medo d'unha cousa que vive e que non se ve! Toda la obra de Valle-Inclán está ya condensada en esta frase de Rosalía. Non se ve... No se ve el dolor que nos cerca; no se ve el drama que está en suspenso en el aire; no se ve la muerte, la escondida é inexorable muerte, que nos anuncia el peregrino que llega á nuestra puerta, como en el siglo XIII, ó el can que aulla lastimeramente en la noche.

De Flor de santidad copiaremos algunos trozos. Panorama al anochecer en un paraje solitario:

 
No estaba la venta situada sobre el camino real, sino en mitad de un descampado, donde sólo se erguían algunos pinos desmedrados y secos. El paraje de montaña, en toda sazón austero y silencioso, parecíalo más bajo el cielo encapotado de aquella tarde invernal. Ladraban los perros de la aldea vecina, y como eco simbólico de las borrascas del mundo se oía el tumbar ciclópeo y opaco de un mar costeño muy lejano.

Era nueva la venta, y en medio de la sierra adusta y parda aquel portalón color de sangre y aquellos frisos azules y amarillos de la fachada, ya borrosos por la perenne lluvia del invierno, producían indefinible sensación de antipatía y de terror. La carcomida venta de antaño/ incendiada una noche por cierto famoso bandido, impresionaba menos tétricamente.

Anochecía, y la luz del crepúsculo daba al yermo y riscoso paraje entonaciones anacoréticas que destacaban con sombría idealidad la negra figura del peregrino. Ráfagas heladas de la sierra que imitan el aullido del lobo le sacudían implacables la negra y sucia guedeja, y arrebataban, llevándola del uno al otro hombro, la ola de la barba, que al amainar el viento caía estremecida y revuelta sobre el pecho, donde se zarandeaban cruces y rosarios. Empezaban á caer gruesas gotas de lluvia, y por el camino real venían ráfagas de polvo, y en lo alto de los peñascales balaba una cabra negra. 'Las nubes iban á congregarse en el horizonte, un horizonte de agua. Volvían las ovejas al establo, y apenas turbaba el reposo del campo aterido por el invierno el son de las esquilas. En el fondo de una hondonada verde y umbría se alzaba el santuario de San Clodio Mártir, rodeado de cipreses centenarios que cabeceaban tristemente. El mendicante se detuvo y, apoyado á dos manos en el bordón, contempló la aldea en la falda de un monte, entre foscos pinares. Sin ánimo para llegar al caserío, cerró los ojos nublados por la fatiga, cobró aliento en un suspiro y siguió adelante. Ahora, un paisaje nocturno. Una iglesia se distingue confusamente entre los nogales copudos: Destacábase sobre el cielo que argentaba la luna, y percibíase el azul de la noche estrellada por los dos arcos que sostenían las campanas, aquellas campanas de aldea piadosas, madrugadoras, sencillas como dos viejas centenarias. El atrio era verde y oloroso, todo cubierto de sepulturas. Á espaldas de la iglesia estaba la fuente sombreada por un nogal, que acaso contaba la edad de las campanas, y bajo la luz blanca de la luna, la copa oscura del árbol extendíase patriarcal y clemente sobre las aguas verdeantes que parecían murmurar un cuento de brujas.

La vieja y la zagala, al encontrarse delante del atrio, se santiguaron devotas y temerosas. Las ovejas, que entraban apretándose por la cancela, derramábanse después en holganza, mordiendo la hierba lozana que crecía entre las sepulturas. Las dos mujeres corrieron de un lado al otro por juntar el rebano y luego lo guiaron hasta la fuente donde las ovejas habían de beber para que quedase roto el hechizo. Las ovejas acudían solícitas rodeando la balsa, y en el silencio de la noche sentíase el rumor de las lenguas que rompían el místico cristal de la fuente. La luna espejábase en el fondo inmóvil y blanca, atenta al milagro.

Mientras bebía el ganado, las dos mujeres rezaban en voz baja. Después, silenciosas y sobrecogidas por el aliento sobrenatural del misterio, salieron del atrio. El rebaño ondulaba ante ellas. La luna se ocultaba en el horizonte, el camino oscurecía lentamente, y en los pinares negros y foscos se levantaba gemidor el viento. Las eras encharcadas y desiertas ya habían desaparecido en la noche, y á lo lejos brillaban los fachicos de paja con que se alumbraban los mozos de la aldea que volvían de rondar á las mozas. Las dos mujeres, siempre en silencio, seguían tras el rebaño, atentas á que ninguna oveja se descarriase. Cuando llegaron al descampado de la venta, ya todo era oscuridad en torno. Brillaban sólo algunas estrellas remotas, y en la soledad del paraje oíase bravio y ululante el mar lejano, como si fuese un lobo hambriento escondido en los pinares.

iAh! ¿Dónde estamos? ¿Ha sido todo un sueño? Horas de tren, horas de tren, horas de tren... Despertamos como de un sopor profundo. ¿Dónde estamos? Otra vez la baraúnda cortesana, el estrépito, los periódicos, el Congreso. ¿Ha sido todo una alucinación? ¿No habremos estado en la remota Galicia? ¿No será aquel país, misterioso y lejano, con su mar fosco y sus montanas trágicas, una leyenda de una hermosura insuperable?

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [1873,1967], Azorín

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Outras interesantes lecturas:



mércores, 7 de xaneiro de 2015

A paisaxe e Ramón Otero Pedrayo



D. Ramón Otero Pedrayo.

Nado en Ourense o 5 de marzo de 1888 e finado en Trasalba o 10 de abril de 1976, Otero Pedrayo é hoxe un dos grandes nomes da nosa literatura. Posuidor dunha amplísima cultura, integrou, xunto a Vicente Risco, Castelao e Florentino López Cuevillas, o Grupo Nós. Promoveu a consolidación da prosa en galego e foi iniciador dun novo teatro na nosa lingua. 

Asemade, desenvolveu unha intensa actividade na sección de Xeografía e Historia no Seminario de Estudios Galegos, publicando algún dos seus primeiros escritos técnicos centrados na xeografía e na paisaxe.

Ramón Otero Pedrayo [1888, 1976]

Galicia 
(In: Los Gallego, 1976)

Galicia, país occidental, península o cas península atlántica – hay en su estructura y despliegue al Oeste una especie de anhelo incumplido - , de arcaica formación geológica – granitos y esquistos cristalinos – envuelta en un clima húmedo decorada densa y continua vegetación en cuya urdimbre se combinan en ciertos paisajes, de manera armoniosa, especies nórdicas y especies mediterráneas, dotada de una población hondamente adherida al país, por ella cultivado y transformado en un mundo de profundos paisajes cuyo valor espiritual se trasluce a cada momento en poesía y el ate popular, pide para el leal tratamiento de su “rostro geográfico” la aplicación de un criterio que no excluya ni olvide en ningún momento su secular e intensa humanización.

Otero Pedrayo, R. (1976). In: Barreiro Fernández, X.R. et al. Los Gallegos. Ediciones Istmo de España. Madrid.


TERRA, RAZA, CULTURA, HISTORIA
(El Pueblo Gallego, 27 de xanciro de 1933)

Roca primixenia, de gra ou pizarrenta, persoalidá xeolóxica dende o seu cósmico nacer difrenzada, ergueita, diante da sinxeleza da mar e das formaciós ibéricas, secundarias, terciarias, dinantes dos homes dibuxada pra certos homes, faciana agardando o pneuma de un esprito.Amoroso acariciar da citoiva, cantigar das iaugas profllando, cada istante, a escultura do chan. Aer oceánico, sol na mar mallado. O bosque boreal —ensoñare dos bidueiros, afirmación dos carballos, nos piñeiros salaios do futuro— franqueando ao agasallo do Sul polas ponlas tolas da vide. E o torrón labrego, templo, amparado nas abas modernas das serras, no socego calmo da mar engaiolada nas rías. Vixía das roitas atrántecas, forteza da pedra envolveita no maxinativo criar da vida e da vexetación. Terra. Suco, berce, coba, corazón.

Brazos labourando o esgrevio, e esquisito, e o pódente granito deica faguelos carne e sangue da raza. Xente danzal baixo todos os ceus rexa e confiada a un tempo na forza da vontade, no trunfo da forma belida e no degaro do além. Xenio endexamais sadisfeito no crásico orgulo da obra rematada, sempre arelante dos novos hourizontes, liberal e franco, europeu da millor sementé diante da tentación mol do Sul, sufincado na espranza alongada polo requintado labio da elexía. Como o seixo, raza lumiosa e dura.


Diadema de Ribadeo
O pular céltigo, maquiador de penedos, paixós e ideas, tinxido como o sol pinta a nuben, pola groria do xenio latino, universalizado nos brazos da crus. O rir ledo, agurgullante, sin o bafo da ferocidade xermana, a cada xeneración a curiosidade dos nenos maxinadores de universos, contento da vida, capacidade de agardar, ialma nova non cangada por ningún carregar de civilización alleeira, arte eispresivo, insadisfeito, língoa matizada de alboradas e longos poentes ca confianza no derradeiro trunfar do esprito. Cultura galega, ancorada no peirao occidental pronta a aparexar un vento da térra pra fitar todo anceio human.

Na historia, universal sin pesadelo de imperio, xenerosa e curtes ca civilidade do traballo e da espranza, forte no amparo das esencias raciales, ensaiando todos os caminos, baixo a tona das roinas pulo nuoso.

Terra, xente, cultura, historia. Agora un istante o urxente de disfroitar dos dereitos dos pobos nativos, de erguer a vos galega no concertó dos pobos novos. Que os nemigos —por psiquiza, desatención, raposeiría ou amingoamento moral— pensen a soilas ca concenza no siñificado das catro verbas.

Si cavilan con sinceiridade, ¿serán capaces de negare seu ser galego?


Outono
(Novembro 1926)

Xa os derradeiros días de sol amañeceron unhas mancholas cor de cobre nas ponlas máis valentes dos vellos negrillos da estrada. Os amieiros musicais afeitos a seguir a carreira das augas tamén adquiren unha mística pureza de ouro melancólico sobre o lucir da alba. As campás do val rachan as xordas néboas. No serán locen feixes de rosas murchas nas montañas do poente. O outono.

“¡Que triste está a aldea!” din os cidadáns maxinando os camiños lamigosos, as casas afumadas, os espellos da auga encorada nos sucos do centeo, o trecolear dos zocos nas costas pedregullentas. O vivir parece que detén o seu ritmo ó compás do crecemento das noites e do medoñento caer das follas e dos ourizos nos soutos seculares. Xa non estoupan os foguetes da festa nin se ergue o alalá das escascas coma nas doces noites setembrinas. O cidadán pensa que a aldea morre agardando coa paciencia dos penedos a que volte o ledo rexurdir primaveral. Mais chegádevos a unha verdadeira parroquia campesía, ollade prós terreos, entrade nos curros e veredes que a vida lonxe de se deter, corre máis axiña e loce máis luminosa igual que a lapa petrucial da lareira.


O labrego ergueu a colleita. O millo está nos cabaceiros, a pinga nas pipas, o feno ben gardado das chuvias. Os eidos quedaron espidos. E por certo que este ano os labregos non tiveron que se matar na angueira. Xa o ferrado de centeo sube de trinta reás, a horta esgotouse coas calores, o millo nin palla rendeu nas herdades. A irmá Fame entrouse polas portas da aldea. Soio medrou a contribución neste ano de gracia.

A vosa sorpresa será grande cando vos deades conta dunha cousa insospeitada: o labrego, a pesar de tantas calamidades, non está demasiado queixoso. ¿Sabedes a razón? Pois é ben sinxela: porque xa vive no ano que vén. Xa latexa na esperanza.

A esperanza endexamais morre na aldea galega. Nin despois dos pedrazos, nin cando cos grandes traballos se recolle un pouco de herba pró gando, nin cando decreban as feiras e o diñeiro procura outros camiños que os da aldea. Agora as chuvias caroais ameazan con afogar a semente do centeo fai pouco depositada amorosiñamente nos sucos tenros. Non importa. Ó correr do ano unha esperanza inmorredoira corre nas conversas das bodegas e das lareiras, nas escascas e nas rozas, e loce no ollar dos paisanos cando nos seráns das festas se demoran paseando quediñamente polos eidos amados.

Na terra verdecente do adro dormen os ósos dos que tamén traballaron, sufriron e agardaron. Un misterioso sentimento de comunidade xunta os vivos cos difuntiños. Das lousas gastadas do cemiterio sae un consello grave e amigo. Tamén eles pasaron por moitas calamidades mais se voltaran ó mundo, outrora collerían a aixada e marcharían ledos cara ó torrón labrego.


Apenas morta unha esperanza xurde outra esperanza nova na primeira alborada. Os que veñen da América renegan do traballo do agro e teñen lástima irónica dos pais —os vilegos como eles din— ó velos apegados ó rabo da aixada. Non pensan que latexa na aldea unha forza que non se pode conquerir nas grandes vilas, afumadas e resplandecentes, do estranxeiro.


domingo, 4 de xaneiro de 2015

AS PALLOZAS: Paisaxe cultural en perigo


AS PALLOZAS: PAISAXE CULTURAL EN PERIGO.

Ás Pallozas son unha construción rural típica do NW Ibérico que ten claros paralelismos con outras construcións rurais europeas nas que o teito se elabora con materiais vexetais, concretamente cos vastagos do centeo. A inicios do Século XX aínda numerosas pallozas en distintas aldeas de Os Ancares, Ibias ou da Cabreira seguían usándose como vivenda. Pero pouco a pouco foron abandonadas, restrinxíndose o seu uso a cortes ou almacéns. Neste proceso moitas pallozas perdéronse, pero as que resistiron os cambios dos tempos, e a falta de axuda e interese, móstranse na actualidade como elementos representativos dunha paisaxe e dunha sociedade rural na que moitos se empeñaron en esquecer e destruír.

Aldea de Balouta, 1920 (Os Ancares, León)
As Pallozas de O Piornedo, declaradas, Ben de Interese Cultural, serán obxecto dunha necesitada restauración unha vez superados todos os atrancos e burocracias. Neste país en que vivimos sempre póñense grandes e insalvables impedimentos para os que queren conservar a paisaxe ou os seus elementos característicos, mentres que pola contra se favorecen e apoian aqueles que promoven a súa transformación ou destrución.

Piornedo circa 1960 (Os Ancares, Lugo)




xoves, 1 de xaneiro de 2015

Paisaxe


PAISAXE

O Convenio Europeo de Paisaxe (Florencia, 2000), define a paisaxe como:

Por paisaxe entenderase calquera parte do territorio tal como a percibe a poboación, o carácter da cal sexa o resultado da acción e a interacción de factores naturais e/ou humanos.

O estudio científico da paisaxe enmárcase dentro da "Ecoloxía da Paisaxe", na que se analizan, segundo Forman (1983) as interaccións entre os aspectos temporais e espaciais da paisaxe e as súas compoñentes da xea, flora, fauna e culturais a través de tres ámbitos de estudio:

1. As relacións espaciais entre os elementos que configuran a paisaxe
2. Os fluxos de enerxía, nutrientes minerais e especies entre os elementos.

3. A dinámica ecolóxica do mosaico paisaxista ao longo do tempo.



Paisaxe, óleo e cartón, 1922-1929
Paisaxe Galega (Castelao, 1922-1929)