Azorín e a Paisaxe Galega.
Unha visión do ano 1917.
José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [Monóvar, Alicante, 1873 - Madrid,
1967], máis coñecido polo seu pseudónimo Azorín, desenvolvemento unha intensa
actividade como xornalista, crítico teatral, tradutor e escritor de ensaios e
novelas, sendo un dos representantes máis gabados da xeración do 98. Nas súas
primeiras obras profesa das ideas anarquistas: Anarquistas literarias (1895) e
Notas sociais (1895), aínda que posteriormente as abandonará e se asenta na
órbita do conservadorismo.
Dende 1904 asina as súas obras co pseudónimo de Azorín. Viaxeiro
incansablemente por España, asumiu as ideas de Francisco Giner de los Ríos
[1839, 1915,] e da Institución Libre de Ensino, ofrecéndonos unha peculiar
imaxe das paisaxes españois, acorde coa súa idea da continuidade nacional, e
coherentemente enmarcadas no horizonte intelectual da xeración do 98. Azorín
escribiu en 1917. A paisaxe de España vista polos españois. Publicado pola
Editorial Renacemento (Madrid), no cal dedica un capítulo á paisaxe de Galicia.
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| José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [1873,1967], Azorín |
GALICIA
Galicia y Rosalía de Castro. Al
poner la pluma en el papel para estampar la palabra Galicia, ya nuestro
espíritu había evocado — con viva, honda emoción— la figura de Rosalía de Castro.
Hay en nuestro sentido del paisaje, de los caminos y de las ciudades un
elemento puramente subjetivo. ¿Qué idea se forma de Galicia el autor de estas
líneas? ¿Cómo siente Galicia? Para ir á Guipúzcoa, á San Sebastián, tomamos, en las primeras horas de la noche, uno
de esos cortos y lujosos trenes invertebrados: dos ó tres larguísimos vagones
lo compo-nen; la viva luz que los ilumina hace resplandecer sus galerías
acristaladas en la oscuridad de la campiña; con velocidad blanda y vertiginosa
cruza los campos, salva las montañas, ladea las ciudades, cruza - á media
noche, de madrugada— vastas estaciones, en que los focos eléctricos dejan caer
su blanca y fría claror. Sobre los asientos de los coches acaso se ven
revistas, libros, periódicos extranjeros. Cuando se llega á San Sebastián, en
un soplo, sin sentir, no experimentamos cansancio alguno; ligeramente, desde el
tren*, damos un salto y continuamos nuestra vida de Madrid; con otro paisaje, con
otro ambiente, es la misma vida intensa, mundana, henchida de los mismos
detalles é incidencias de la Corte. A dos pasos está Francia; por las
carreteras, tan llanas como el piso de un salón, pasan cada minuto veloces los
autos. En las calles, en los hoteles, vemos tipos cosmopolitas de todo pergeño
y catadura...
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| Estación de Ferrocarril (A Coruña) |
Volvamos la hoja: el viaje á
Galicia, á La Coruña, es otra cosa. Ya, antes de dirigirnos á la estación, nos
han hecho múltiples prevenciones sobre su lentitud y desamparo. En la estación,
á prima tarde, montamos en un tren largo, viejo y lóbrego; un tren que recuerda
1880, Romero Robledo, los primeros dramas de Echegaray, Frascuelo, Vico.
Lentamente comienza á andar el convoy los coches van casi vacíos; en la
soledad, en la lentitud y en el silencio, nos disponemos á meditar, á leer un
libro ó un periódico. Las horas van pasando iguales y monótonas; nuestro
cerebro está lleno de los tableteos, chirridos y estrépito de este tren arcaico
y pausado.
¿Es á la mañana siguiente, en las
primeras horas, cuando al despertar de un sueño intranquilo y casi febril,
escuchamos el clo-clo de unas almadreñas sobre el pavimento de un andén?
¡Momento de intensa emoción! Una luz vaga y turbia entra por las ventanillas
del coche; cae una lluvia fina, cernida, menudita; el tren se ha detenido en una
estación; en el silencio se percibe la voz de una viejecita — que columbramos
con sus sayas á la cabeza , una voz que dice unas misteriosas palabras dulces, insinuantes,
encantadoras, de un atractivo supremo. ¡Momento de inmensa emoción! ¡Qué lejos
estamos ya de Madrid y de sus tráfagos mundanos, de su literatura y de su
política! Este tren tan lento, este largo viaje, este despertar y esta parla
melodiosa, nos han dado la sensación de que estamos en un país remoto, tal vez
en otros siglos. La campiña se descubre ante nuestros ojos: todo es verde bajo
la lluvia fina en un cielo nuboso. De tarde en tarde, en un paso á nivel, una
campesina se nos muestra inmóvil con un pañuelo rojo en la cabeza; luego, en
las estaciones, vemos los mismos pañuelos rojos; más tarde, en un campo, en un
camino, otra labriega hace resaltar sobre el verde el pañuelo rojo de su
tocado. Y nuestro espíritu va hacia estas campesinas; se detiene con ellas;
quisiera — hechizado por la voz escuchada antes en la estación— charlar con
ellas, oirías esta parla tan dulce, reposar un instante en una de estas casitas
que tan fugazmente aparecen y desaparecen al paso del tren, dejándonos una
impresión de algo que no podríamos definir.
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| Torre de Hércules, A Coruña (1932) |
En La Coruña, desde lo alto de la
torre de Hércules, atalayamos el inmenso mar. Ya, siendo el mismo, no es éste
el mar que contemplamos desde las playas mundanas de Guipúzcoa. Desde Madrid
hasta aquí, parece como que hemos perdido la noción del tiempo y del espacio.
Ahora, en este instante en que nos encontramos frente á la inmensidad, nos sentimos
como envueltos en un ambiente que no hemos sentido jamás. ¿Ambiente de soledad,
de apartamiento, de misterio? No lo sabemos; pero aquí, como en un cabo del
mundo, como en un remoto pedazo de España que se entra hacia el mar, nuestro
pensar y nuestro sentir son otros de los de antes.
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| Valle Inclan |
Pero, diríase que este desconocimiento de la crítica, esta incomprensión y este postergamiento, eran necesarios, indispensables, para la obra de Rosalía de Castro. Tratándose de la contextura y espíritu de su poesía, no podemos imaginarnos lo contrario. Este desconocimiento largo, impenetrable y pertinaz, armoniza perfectamente, primero, con esa índole íntima de la lírica de Rosalía, y luego. Icón este alejamiento, con esta soledad! con esta callada paz de que hemos comenzado á gustar cuando el tren se ha internado por los campos gallegos.
En la lírica de Rosalía hay un
profundo sentido del ambiente del paisaje de Galicia; pocos escritores reflejarán
con tanta fidelidad un determinado medio. Rosalía, fina, sensitiva y dolorosa,
ha traído al arte esos elementos de vaguedad, de melancolía, de misterio, de
sentido difuso de la muerte, que más tarde han de alcanzar un desenvolvimiento
tan espléndido en la obra de Valle-Inclán.
Basten aquí estas indicaciones; nuestro objeto ahora es dar alguna muestra de cómo Rosalía de Castro ha sentido el paisaje de su tierra. Y repetimos que sería preciso leer toda la obra poética de Rosalía para gozar de sus paisajes, toda vez que éstos van como infiltrados en sus versos. Aquí copiaremos dos breves fragmentos de prosa. Pertenecen al prólogo de los Cantares gallegos. No queremos trasladarlos al castellano; perderían con ello el singularísimo encanto de la lengua gallega. En uno de estos fragmentos Rosalía nos da una visión total de España, y en el otro, como contraste, se desborda su férvido amor por la patria gallega.
Dice así el primero:
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| Rosalía de Castro |
Non quero ferir con esto á susceptibilidade
de naide, anque á decir verdade, ben poidera pérdonarselle este pequeño desafogo á que tan ferida foy de
todos. Mais eu qu' atravesei repetidas veces aque'as soledades de Castilla, que
dan idea d' ó deserto, eu que recorrin á feraz Extremadura e á extensa Mancha,
dond'ó sol cal á promo alomeando monótonos campos, donde ó cor d' á palla seca
prest'un tono cansado ó paisaxe que rinde e entristece ó esprito, sin unha
herbiña que distraya á mirada que vai perderse nun ceo sin nubes, tan igual
etan cansado com' á térra que crobe; eu
que visitei os celebrados arredores d' Alicante, dond' os olivos, có seu verd'
escuro, sembrados en fíla e de raro en raro parecen chorar de verse tan
solitarios, e vin aquela famosa horta de Murcia, tan nomeada, e tan alabada, e
que cansada e monótona com' ó resto d' aquel paíse, amostra á sua vexetación
tal como paisaxes pintados nun cartón con árbores postos simétricamente e en
carreiriños para divertisión d' os nenos, eu non podo menos d' indignarme cand'
os fillos d' esas provincias que Dios favorecen en fartura, pero non ná belleza
d' os campos, búlranse d' esta Galicia competidora en clima e galanura c' os
países más encantadores da térra; esta Galicia donde todo é espontaneo na naturaleza
e en donde á man do home cede ó seu
posto á man de Dios.
Rosalía es un poco injusta en las
anteriores líneas; pero sus palabras se explican. Cuando escribía nuestro poeta existía cierto absurdo
y estólido prejuicio en contra de
Galicia; hoy mismo (en Madrid, no en provincias, no en el resto de España)
perdura entre el vulgo esta estúpida prevención hacia los gallegos. Rosalía,
aparte de esto y con relación al paisaje, con los ojos empapados de la
naturaleza norteña, era difícil que viera bien el atractivo que puede tener
un panorama— algo teatral, cierto — de Valencia ó Murcia. A continuación nuestro
poeta pasa á describir, con cuatro líneas, el espectáculo de su tierra.
Lagos, cascadas, torrentes, veigas froridas,
valles, montañas, ceos azues e serenos com' os d' Italia, horizontes nubrados e
malencónicos, anque sempre hermosos com'os ian alabados da Suiza; ribeiras
apacibres e sereniñas, cabos tempestuosos qu' aterran e adimiran pó-la sua xigantesca
e xorda cólera..., mares inmensos..., ¿qué direi máis? Non hay pruma que
poida enumerar tanto encanto reunido. A térra cubería en toda-las estacions de
herbiñas e de frores; os montes cheyos de pinos, de robres e salgueiros; os lixeiros
ventos que pasan; as fontes y os torrentes derramándose fervedores e
cristaiños, vran e invernó, xa pó-los risoños campos, xa en profundas e sombrisas
ondanadas... Galicia é sempre un xardín donde se respiran aromas puros,
frescura e poesía...
¡Qué concisión y qué intensidad!
En esas pocas palabras del gran poeta está toda Galicia. De Rosalía de Castro
pasemos á Emilia Pardo Bazán. La obra de Pardo Bazán es considerable en la
literatura castellana moderna. La novedad del esfuerzo de este
escritor podemos situarlo entre Rosalía y Valle Inclán. Pardo Bazán aporta esta
evolución del espíritu literario gallego, una cierta curiosidad intelectual,
una mayor modernidad en la pintura del medio, una movilidad y flexibilidad de
la técnica de que antes se carecía. Lo extranjero—una vez más -ha fecundizado
el genio nativo haciéndole adquirir nuevos aspectos, nueva fuerza, mayor
intensidad. Después de Rosalía, la modernidad y nerviosidad de Pardo Bazán ha
hecho posible la floración de la obra de Vallé-Inclán. Del autor de La Prueba
vamos á copiar un fragmento. Pardo Bazán pinta una de las montañas de su país.
La página la transcribimos del libro De mi tierra. Oigamos á nuestro autor:

Para quien ve
esta montaña desde las ventanillas del tren, es una pendiente escueta y
salvaje, en cuya cima, como nido de águila, con más trazas de castillo roquero
que de santo cenobio, se yergue el monasterio. Para quien se interna en ella es
un jard'n, un oasis, haciendo de arbustos floridos los magníficos castaños,
cuyo olor embalsama la atmósfera mezclado con el de Iris frondosas retamas y
uces. El castaño no nace aquí recto y grave como en los sotos, sino que brota
por donde puede y se agarra á lo primero que encuentra y adopta la posición que
le permite lo quebrado del terreno; alguno he visto salir de una roca colosal,
sin que me fuese posible adivinar por dónde se buscaba la" vida su
raigambre. Raro es el castaño que conserva entero su tronco; casi todos están
huecos, más que huecos, raídos, excavados, tostados y hechos carbón, ya por la
codicia del leñador, ya por el capricho del pastorcillo que allí se refugia a
asar su magosto de castaña, y la ancha copa cargada de fruto se sostiene
únicamente en un pedazo de corteza. En muchos, para evitar que continúe el
desastre, el cultivador amontona dentro de la cavidad del tronco piedras y
tierra, resultando cada castaño con un murallón interior — peregrina mezcla de
vegetal y edificio.
Repito que
desde lejos no es fácil darse cuenta de la amenidad paradisíaca de esta cumbre.
Creeríase que la subida por sus escarpados flancos representa un trabajo muy
fatigoso, y que el calor del sol ha de derretir la mollera. Ni hay lugar á
sentirlo. Los castaños sombrean el camino, no con la fastidiosa uniformidad de
árboles plantados simétricamente al borde de una carretera, sino con libertad y
oportunidad tan feliz, que ya se adelantan, ya se retiran, dejando descubiertos
trechos brevísimos, como para hacer percibir mejor el beneficio de su rumuroso
toldo. El camino es calzada construida por los monjes, pedregosa, irregular,
pues cuando les era posible aprovechaban la natural disposición de las rocas.
Mil pintorescos accidentes le quitan toda monotonía; está sembrada de erizos y
hoja de castaño; un liquen blanco como el armiño, suave y compacto como vellón
de oveja, viste los grandes peñascos, que parecen sostenerse sin derrocarse
sobre nuestras cabezas, gracias á un milagro de equilibrio; aquí un limpio
riachuelo salta y se precipita en cascadas, coronado de grandes heléchos; un poco
más allá encontramos la fontana de los monjes, alta arqueta de piedra, revestida
de plantas parásitas, de moho verdoso, sobre el cual se desliza el agua hilo á
hilo, como las lágrimas por las mejillas del triste. La fuente no tiene caño;
lo improvisamos introduciendo una hoja de castaño en la grieta por donde rezuma
el agua, y bebemos con deleite del cristalino manantial.
Estas montañas de Galicia, en la
obra de Valle-Inclán reaparecen con un carácter milenario de misterio. Un
crítico que estudiase la obra de Valle-Inclán tendría que examinar todo lo
siguiente: momento en que el autor aparece; antecedentes de la obra; relación
con la obra de los coetáneos; elementos tradicionales y elementos castizos;
influencias; estética peculiar del autor; su correspondencia con la sociología;
características en la idealización de la naturaleza y de los personajes;
ambiente peculiar de Galicia- en las obras gallegas-, y su relación con la realidad actual... La
misma tarde de nuestra llegada á La Coruña, en el crepúsculo - un crepúsculo
gris -, cuando volvíamos de contemplar el mar desde la torre de Hércules,
vimos, al pasar frente al camposanto, una fila de viejecitas y viejecitos que
estaban sentados en la puerta. Había - para nosotros - una íntima y escondida
relación entre la vaguedad de la luz, la visión de un mar inmenso y fosco, el
sentimiento de la muerte y todos estos viejecitos allí sentados silenciosos é
inmóviles. ¡Teño medo d'unha cousa que vive e que non se ve!, exclamaba
Rosalía - Y la originalidad, la honda, la fuerte originalidad de Valle Inclán
consiste en haber traído al arte esta sensación de la Galicia triste y trágica,
este algo que vive y que no se ve, esta difusa aprensión por la muerte, este
siniestro presentir de la tragedia que se avecina, esta vaguedad, este misterio
de los palacios centenarios y de las abruptas soledades. ¡Teño medo d'unha
cousa que vive e que non se ve! Toda la obra de Valle-Inclán está ya condensada
en esta frase de Rosalía. Non se ve... No se ve el dolor que nos cerca; no se
ve el drama que está en suspenso en el aire; no se ve la muerte, la escondida é
inexorable muerte, que nos anuncia el peregrino que llega á nuestra puerta,
como en el siglo XIII, ó el can que aulla lastimeramente en la noche.
De Flor de santidad copiaremos
algunos trozos. Panorama al anochecer en un paraje solitario:
No estaba la
venta situada sobre el camino real, sino en mitad de un descampado, donde sólo
se erguían algunos pinos desmedrados y secos. El paraje de montaña, en toda
sazón austero y silencioso, parecíalo más bajo el cielo encapotado de aquella
tarde invernal. Ladraban los perros de la aldea vecina, y como eco simbólico de
las borrascas del mundo se oía el tumbar ciclópeo y opaco de un mar costeño muy
lejano.
Era nueva la
venta, y en medio de la sierra adusta y parda aquel portalón color de sangre y
aquellos frisos azules y amarillos de la fachada, ya borrosos por la perenne
lluvia del invierno, producían indefinible sensación de antipatía y de terror.
La carcomida venta de antaño/ incendiada una noche por cierto famoso bandido,
impresionaba menos tétricamente.
Anochecía, y
la luz del crepúsculo daba al yermo y riscoso paraje entonaciones anacoréticas
que destacaban con sombría idealidad la negra figura del peregrino. Ráfagas
heladas de la sierra que imitan el aullido del lobo le sacudían implacables la
negra y sucia guedeja, y arrebataban, llevándola del uno al otro hombro, la ola
de la barba, que al amainar el viento caía estremecida y revuelta sobre el
pecho, donde se zarandeaban cruces y rosarios. Empezaban á caer gruesas gotas
de lluvia, y por el camino real venían ráfagas de polvo, y en lo alto de los
peñascales balaba una cabra negra. 'Las nubes iban á congregarse en el horizonte,
un horizonte de agua. Volvían las ovejas al establo, y apenas turbaba el reposo
del campo aterido por el invierno el son de las esquilas. En el fondo de una
hondonada verde y umbría se alzaba el santuario de San Clodio Mártir, rodeado
de cipreses centenarios que cabeceaban tristemente. El mendicante se detuvo y,
apoyado á dos manos en el bordón, contempló la aldea en la falda de un monte,
entre foscos pinares. Sin ánimo para llegar al caserío, cerró los ojos nublados
por la fatiga, cobró aliento en un suspiro y siguió adelante. Ahora, un
paisaje nocturno. Una iglesia se distingue confusamente entre los nogales
copudos: Destacábase
sobre el cielo que argentaba la luna, y percibíase el azul de la noche
estrellada por los dos arcos que sostenían las campanas, aquellas campanas de
aldea piadosas, madrugadoras, sencillas como dos viejas centenarias. El atrio
era verde y oloroso, todo cubierto de sepulturas. Á espaldas de la iglesia
estaba la fuente sombreada por un nogal, que acaso contaba la edad de las
campanas, y bajo la luz blanca de la luna, la copa oscura del árbol extendíase
patriarcal y clemente sobre las aguas verdeantes que parecían murmurar un
cuento de brujas.
La vieja y la
zagala, al encontrarse delante del atrio, se santiguaron devotas y temerosas.
Las ovejas, que entraban apretándose por la cancela, derramábanse después en
holganza, mordiendo la hierba lozana que crecía entre las sepulturas. Las dos
mujeres corrieron de un lado al otro por juntar el rebano y luego lo guiaron
hasta la fuente donde las ovejas habían de beber para que quedase roto el
hechizo. Las ovejas acudían solícitas rodeando la balsa, y en el silencio de la
noche sentíase el rumor de las lenguas que rompían el místico cristal de la
fuente. La luna espejábase en el fondo inmóvil y blanca, atenta al milagro.
Mientras bebía
el ganado, las dos mujeres rezaban en voz baja. Después, silenciosas y sobrecogidas
por el aliento sobrenatural del misterio, salieron del atrio. El rebaño
ondulaba ante ellas. La luna se ocultaba en el horizonte, el camino oscurecía
lentamente, y en los pinares negros y foscos se levantaba gemidor el viento.
Las eras encharcadas y desiertas ya habían desaparecido en la noche, y á lo
lejos brillaban los fachicos de paja con que se alumbraban los mozos de la aldea
que volvían de rondar á las mozas. Las dos mujeres, siempre en silencio,
seguían tras el rebaño, atentas á que ninguna oveja se descarriase. Cuando llegaron
al descampado de la venta, ya todo era oscuridad en torno. Brillaban sólo
algunas estrellas remotas, y en la soledad del paraje oíase bravio y ululante el
mar lejano, como si fuese un lobo hambriento escondido en los pinares.
iAh! ¿Dónde estamos? ¿Ha sido
todo un sueño? Horas de tren, horas de tren, horas de tren... Despertamos como
de un sopor profundo. ¿Dónde estamos? Otra vez la baraúnda cortesana, el
estrépito, los periódicos, el Congreso. ¿Ha sido todo una alucinación? ¿No habremos
estado en la remota Galicia? ¿No será aquel país, misterioso y lejano, con su
mar fosco y sus montanas trágicas, una leyenda de una hermosura insuperable?
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| José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [1873,1967], Azorín |
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