xoves, 8 de xaneiro de 2015

Azorín e Galiza (1917)


Azorín e a Paisaxe Galega. 

Unha visión do ano 1917.


José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [Monóvar, Alicante, 1873 - Madrid, 1967], máis coñecido polo seu pseudónimo Azorín, desenvolvemento unha intensa actividade como xornalista, crítico teatral, tradutor e escritor de ensaios e novelas, sendo un dos representantes máis gabados da xeración do 98. Nas súas primeiras obras profesa das ideas anarquistas: Anarquistas literarias (1895) e Notas sociais (1895), aínda que posteriormente as abandonará e se asenta na órbita do conservadorismo.


Dende 1904 asina as súas obras co pseudónimo de Azorín. Viaxeiro incansablemente por España, asumiu as ideas de Francisco Giner de los Ríos [1839, 1915,] e da Institución Libre de Ensino, ofrecéndonos unha peculiar imaxe das paisaxes españois, acorde coa súa idea da continuidade nacional, e coherentemente enmarcadas no horizonte intelectual da xeración do 98. Azorín escribiu en 1917. A paisaxe de España vista polos españois. Publicado pola Editorial Renacemento (Madrid), no cal dedica un capítulo á paisaxe de Galicia.

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [1873,1967], Azorín

GALICIA

Galicia y Rosalía de Castro. Al poner la pluma en el papel para estampar la palabra Galicia, ya nuestro espíritu había evocado — con viva, honda emoción— la figura de Rosalía de Castro. Hay en nuestro sentido del paisaje, de los caminos y de las ciudades un elemento puramente subjetivo. ¿Qué idea se forma de Galicia el autor de estas líneas? ¿Cómo siente Galicia? Para ir á Guipúzcoa, á San Sebastián,  tomamos, en las primeras horas de la noche, uno de esos cortos y lujosos trenes invertebrados: dos ó tres larguísimos vagones lo compo-nen; la viva luz que los ilumina hace resplandecer sus galerías acristaladas en la oscuridad de la campiña; con velocidad blanda y vertiginosa cruza los campos, salva las montañas, ladea las ciudades, cruza - á media noche, de madrugada— vastas estaciones, en que los focos eléctricos dejan caer su blanca y fría claror. Sobre los asientos de los coches acaso se ven revistas, libros, periódicos extranjeros. Cuando se llega á San Sebastián, en un soplo, sin sentir, no experimentamos cansancio alguno; ligeramente, desde el tren*, damos un salto y continuamos nuestra vida de Madrid; con otro paisaje, con otro ambiente, es la misma vida intensa, mundana, henchida de los mismos detalles é incidencias de la Corte. A dos pasos está Francia; por las carreteras, tan llanas como el piso de un salón, pasan cada minuto veloces los autos. En las calles, en los hoteles, vemos tipos cosmopolitas de todo pergeño y catadura...

Estación de Ferrocarril (A Coruña)
Volvamos la hoja: el viaje á Galicia, á La Coruña, es otra cosa. Ya, antes de dirigirnos á la estación, nos han hecho múltiples prevenciones sobre su lentitud y desamparo. En la estación, á prima tarde, montamos en un tren largo, viejo y lóbrego; un tren que recuerda 1880, Romero Robledo, los primeros dramas de Echegaray, Frascuelo, Vico. Lentamente comienza á andar el convoy los coches van casi vacíos; en la soledad, en la lentitud y en el silencio, nos disponemos á meditar, á leer un libro ó un periódico. Las horas van pasando iguales y monótonas; nuestro cerebro está lleno de los tableteos, chirridos y estrépito de este tren arcaico y pausado.

¿Es á la mañana siguiente, en las primeras horas, cuando al despertar de un sueño intranquilo y casi febril, escuchamos el clo-clo de unas almadreñas sobre el pavimento de un andén? ¡Momento de intensa emoción! Una luz vaga y turbia entra por las ventanillas del coche; cae una lluvia fina, cernida, menudita; el tren se ha detenido en una estación; en el silencio se percibe la voz de una viejecita — que columbramos con sus sayas á la cabeza , una voz que dice unas misteriosas palabras dulces, insinuantes, encantadoras, de un atractivo supremo. ¡Momento de inmensa emoción! ¡Qué lejos estamos ya de Madrid y de sus tráfagos mundanos, de su literatura y de su política! Este tren tan lento, este largo viaje, este despertar y esta parla melodiosa, nos han dado la sensación de que estamos en un país remoto, tal vez en otros siglos. La campiña se descubre ante nuestros ojos: todo es verde bajo la lluvia fina en un cielo nuboso. De tarde en tarde, en un paso á nivel, una campesina se nos muestra inmóvil con un pañuelo rojo en la cabeza; luego, en las estaciones, vemos los mismos pañuelos rojos; más tarde, en un campo, en un camino, otra labriega hace resaltar sobre el verde el pañuelo rojo de su tocado. Y nuestro espíritu va hacia estas campesinas; se detiene con ellas; quisiera — hechizado por la voz escuchada antes en la estación— charlar con ellas, oirías esta parla tan dulce, reposar un instante en una de estas casitas que tan fugazmente aparecen y desaparecen al paso del tren, dejándonos una impresión de algo que no podríamos definir.

Torre de Hércules, A Coruña (1932)

En La Coruña, desde lo alto de la torre de Hércules, atalayamos el inmenso mar. Ya, siendo el mismo, no es éste el mar que contemplamos desde las playas mundanas de Guipúzcoa. Desde Madrid hasta aquí, parece como que hemos perdido la noción del tiempo y del espacio. Ahora, en este instante en que nos encontramos frente á la inmensidad, nos sentimos como envueltos en un ambiente que no hemos sentido jamás. ¿Ambiente de soledad, de apartamiento, de misterio? No lo sabemos; pero aquí, como en un cabo del mundo, como en un remoto pedazo de España que se entra hacia el mar, nuestro pensar y nuestro sentir son otros de los de antes.


Valle Inclan

Pero, diríase que este desconocimiento de la crítica, esta incomprensión y este postergamiento, eran necesarios, indispensables, para la obra de Rosalía de Castro. Tratándose de la contextura y espíritu de su poesía, no podemos imaginarnos lo contrario. Este desconocimiento largo, impenetrable y pertinaz, armoniza perfectamente, primero, con esa índole íntima de la lírica de Rosalía, y luego. Icón este alejamiento, con esta soledad! con esta callada paz de que hemos comenzado á gustar cuando el tren se ha internado por los campos gallegos.


En la lírica de Rosalía hay un profundo sentido del ambiente del paisaje de Galicia; pocos escritores reflejarán con tanta fidelidad un determinado medio. Rosalía, fina, sensitiva y dolorosa, ha traído al arte esos elementos de vaguedad, de melancolía, de misterio, de sentido difuso de la muerte, que más tarde han de alcanzar un desenvolvimiento tan espléndido en la obra de Valle-Inclán. 

Basten aquí estas indicaciones; nuestro objeto ahora es dar alguna muestra de cómo Rosalía de Castro ha sentido el paisaje de su tierra. Y repetimos que sería preciso leer toda la obra poética de Rosalía para gozar de sus paisajes, toda vez que  éstos van como infiltrados en sus versos. Aquí  copiaremos dos breves fragmentos de prosa. Pertenecen al prólogo de los Cantares gallegos. No queremos trasladarlos al castellano; perderían con ello el singularísimo encanto de la lengua gallega. En uno de estos fragmentos Rosalía nos da una visión total de España, y en el otro, como contraste, se desborda su férvido amor por la patria gallega.

Dice así el primero:  

Rosalía de Castro
Non quero ferir con esto á susceptibilidade de naide, anque á decir verdade, ben poidera pérdonarselle  este pequeño desafogo á que tan ferida foy de todos. Mais eu qu' atravesei repetidas veces aque'as soledades de Castilla, que dan idea d' ó deserto, eu que recorrin á feraz Extremadura e á extensa Mancha, dond'ó sol cal á promo alomeando monótonos campos, donde ó cor d' á palla seca prest'un tono cansado ó paisaxe que rinde e entristece ó esprito, sin unha herbiña que distraya á mirada que vai perderse nun ceo sin nubes, tan igual etan cansado com' á térra que  crobe; eu que visitei os celebrados arredores d' Alicante, dond' os olivos, có seu verd' escuro, sembrados en fíla e de raro en raro parecen chorar de verse tan solitarios, e vin aquela famosa horta de Murcia, tan nomeada, e tan alabada, e que cansada e monótona com' ó resto d' aquel paíse, amostra á sua vexetación tal como paisaxes pintados nun cartón con árbores postos simétricamente e en carreiriños para divertisión d' os nenos, eu non podo menos d' indignarme cand' os fillos d' esas provincias que Dios favorecen en fartura, pero non ná belleza d' os campos, búlranse d' esta Galicia competidora en clima e galanura c' os países más encantadores da térra; esta Galicia donde todo é espontaneo na naturaleza e en  donde á man do home cede ó seu posto á man de Dios.

Rosalía es un poco injusta en las anteriores líneas; pero sus palabras se explican. Cuando  escribía nuestro poeta existía cierto absurdo y  estólido prejuicio en contra de Galicia; hoy mismo (en Madrid, no en provincias, no en el resto de España) perdura entre el vulgo esta estúpida prevención hacia los gallegos. Rosalía, aparte de esto y con relación al paisaje, con los ojos empapados de la naturaleza norteña, era difícil que viera bien el atractivo que puede tener un panorama— algo teatral, cierto — de Valencia ó Murcia. A continuación nuestro poeta pasa á describir, con cuatro líneas, el espectáculo de su tierra.

Lagos, cascadas, torrentes, veigas froridas, valles, montañas, ceos azues e serenos com' os d' Italia, horizontes nubrados e malencónicos, anque sempre hermosos com'os ian alabados da Suiza; ribeiras apacibres e sereniñas, cabos tempestuosos qu' aterran e adimiran pó-la sua xigantesca e xorda cólera..., mares inmensos..., ¿qué direi máis? Non hay pruma que poida enumerar tanto encanto reunido. A térra cubería en toda-las estacions de herbiñas e de frores; os montes cheyos de pinos, de robres e salgueiros; os lixeiros ventos que pasan; as fontes y os torrentes derramándose fervedores e cristaiños, vran e invernó, xa pó-los risoños campos, xa en profundas e sombrisas ondanadas... Galicia é sempre un xardín donde se respiran aromas puros, frescura e poesía... 


¡Qué concisión y qué intensidad! En esas pocas palabras del gran poeta está toda Galicia. De Rosalía de Castro pasemos á Emilia Pardo Bazán. La obra de Pardo Bazán es considerable en la literatura castellana moderna. La novedad del esfuerzo de este escritor podemos situarlo entre Rosalía y Valle Inclán. Pardo Bazán aporta esta evolución del espíritu literario gallego, una cierta curiosidad intelectual, una mayor modernidad en la pintura del medio, una movilidad y flexibilidad de la técnica de que antes se carecía. Lo extranjero—una vez más -ha fecundizado el genio nativo haciéndole adquirir nuevos aspectos, nueva fuerza, mayor intensidad. Después de Rosalía, la modernidad y nerviosidad de Pardo Bazán ha hecho posible la floración de la obra de Vallé-Inclán. Del autor de La Prueba vamos á copiar un fragmento. Pardo Bazán pinta una de las montañas de su país. La página la transcribimos del libro De mi tierra. Oigamos á nuestro autor: 

Para quien ve esta montaña desde las ventanillas del tren, es una pendiente escueta y salvaje, en cuya cima, como nido de águila, con más trazas de castillo roquero que de santo cenobio, se yergue el monasterio. Para quien se interna en ella es un jard'n, un oasis, haciendo de arbustos floridos los magníficos castaños, cuyo olor embalsama la atmósfera mezclado con el de Iris frondosas retamas y uces. El castaño no nace aquí recto y grave como en los sotos, sino que brota por donde puede y se agarra á lo primero que encuentra y adopta la posición que le permite lo quebrado del terreno; alguno he visto salir de una roca colosal, sin que me fuese posible adivinar por dónde se buscaba la" vida su raigambre. Raro es el castaño que conserva entero su tronco; casi todos están huecos, más que huecos, raídos, excavados, tostados y hechos carbón, ya por la codicia del leñador, ya por el capricho del pastorcillo que allí se refugia a asar su magosto de castaña, y la ancha copa cargada de fruto se sostiene únicamente en un pedazo de corteza. En muchos, para evitar que continúe el desastre, el cultivador amontona dentro de la cavidad del tronco piedras y tierra, resultando cada castaño con un murallón interior — peregrina mezcla de vegetal y edificio.

Repito que desde lejos no es fácil darse cuenta de la amenidad paradisíaca de esta cumbre. Creeríase que la subida por sus escarpados flancos representa un trabajo muy fatigoso, y que el calor del sol ha de derretir la mollera. Ni hay lugar á sentirlo. Los castaños sombrean el camino, no con la fastidiosa uniformidad de árboles plantados simétricamente al borde de una carretera, sino con libertad y oportunidad tan feliz, que ya se adelantan, ya se retiran, dejando descubiertos trechos brevísimos, como para hacer percibir mejor el beneficio de su rumuroso toldo. El camino es calzada construida por los monjes, pedregosa, irregular, pues cuando les era posible aprovechaban la natural disposición de las rocas. Mil pintorescos accidentes le quitan toda monotonía; está sembrada de erizos y hoja de castaño; un liquen blanco como el armiño, suave y compacto como vellón de oveja, viste los grandes peñascos, que parecen sostenerse sin derrocarse sobre nuestras cabezas, gracias á un milagro de equilibrio; aquí un limpio riachuelo salta y se precipita en cascadas, coronado de grandes heléchos; un poco más allá encontramos la fontana de los monjes, alta arqueta de piedra, revestida de plantas parásitas, de moho verdoso, sobre el cual se desliza el agua hilo á hilo, como las lágrimas por las mejillas del triste. La fuente no tiene caño; lo improvisamos introduciendo una hoja de castaño en la grieta por donde rezuma el agua, y bebemos con deleite del cristalino manantial.

Estas montañas de Galicia, en la obra de Valle-Inclán reaparecen con un carácter milenario de misterio. Un crítico que estudiase la obra de Valle-Inclán tendría que examinar todo lo siguiente: momento en que el autor aparece; antecedentes de la obra; relación con la obra de los coetáneos; elementos tradicionales y elementos castizos; influencias; estética peculiar del autor; su correspondencia con la sociología; características en la idealización de la naturaleza y de los personajes; ambiente peculiar de Galicia- en las obras gallegas-, y  su relación con la realidad actual... La misma tarde de nuestra llegada á La Coruña, en el crepúsculo - un crepúsculo gris -, cuando volvíamos de contemplar el mar desde la torre de Hércules, vimos, al pasar frente al camposanto, una fila de viejecitas y viejecitos que estaban sentados en la puerta. Había - para nosotros - una íntima y escondida relación entre la vaguedad de la luz, la visión de un mar inmenso y fosco, el sentimiento de la muerte y todos estos viejecitos allí sentados silenciosos é inmóviles. ¡Teño medo d'unha cousa que vive e que non se ve!, exclamaba Rosalía - Y la originalidad, la honda, la fuerte originalidad de Valle Inclán consiste en haber traído al arte esta sensación de la Galicia triste y trágica, este algo que vive y que no se ve, esta difusa aprensión por la muerte, este siniestro presentir de la tragedia que se avecina, esta vaguedad, este misterio de los palacios centenarios y de las abruptas soledades. ¡Teño medo d'unha cousa que vive e que non se ve! Toda la obra de Valle-Inclán está ya condensada en esta frase de Rosalía. Non se ve... No se ve el dolor que nos cerca; no se ve el drama que está en suspenso en el aire; no se ve la muerte, la escondida é inexorable muerte, que nos anuncia el peregrino que llega á nuestra puerta, como en el siglo XIII, ó el can que aulla lastimeramente en la noche.

De Flor de santidad copiaremos algunos trozos. Panorama al anochecer en un paraje solitario:

 
No estaba la venta situada sobre el camino real, sino en mitad de un descampado, donde sólo se erguían algunos pinos desmedrados y secos. El paraje de montaña, en toda sazón austero y silencioso, parecíalo más bajo el cielo encapotado de aquella tarde invernal. Ladraban los perros de la aldea vecina, y como eco simbólico de las borrascas del mundo se oía el tumbar ciclópeo y opaco de un mar costeño muy lejano.

Era nueva la venta, y en medio de la sierra adusta y parda aquel portalón color de sangre y aquellos frisos azules y amarillos de la fachada, ya borrosos por la perenne lluvia del invierno, producían indefinible sensación de antipatía y de terror. La carcomida venta de antaño/ incendiada una noche por cierto famoso bandido, impresionaba menos tétricamente.

Anochecía, y la luz del crepúsculo daba al yermo y riscoso paraje entonaciones anacoréticas que destacaban con sombría idealidad la negra figura del peregrino. Ráfagas heladas de la sierra que imitan el aullido del lobo le sacudían implacables la negra y sucia guedeja, y arrebataban, llevándola del uno al otro hombro, la ola de la barba, que al amainar el viento caía estremecida y revuelta sobre el pecho, donde se zarandeaban cruces y rosarios. Empezaban á caer gruesas gotas de lluvia, y por el camino real venían ráfagas de polvo, y en lo alto de los peñascales balaba una cabra negra. 'Las nubes iban á congregarse en el horizonte, un horizonte de agua. Volvían las ovejas al establo, y apenas turbaba el reposo del campo aterido por el invierno el son de las esquilas. En el fondo de una hondonada verde y umbría se alzaba el santuario de San Clodio Mártir, rodeado de cipreses centenarios que cabeceaban tristemente. El mendicante se detuvo y, apoyado á dos manos en el bordón, contempló la aldea en la falda de un monte, entre foscos pinares. Sin ánimo para llegar al caserío, cerró los ojos nublados por la fatiga, cobró aliento en un suspiro y siguió adelante. Ahora, un paisaje nocturno. Una iglesia se distingue confusamente entre los nogales copudos: Destacábase sobre el cielo que argentaba la luna, y percibíase el azul de la noche estrellada por los dos arcos que sostenían las campanas, aquellas campanas de aldea piadosas, madrugadoras, sencillas como dos viejas centenarias. El atrio era verde y oloroso, todo cubierto de sepulturas. Á espaldas de la iglesia estaba la fuente sombreada por un nogal, que acaso contaba la edad de las campanas, y bajo la luz blanca de la luna, la copa oscura del árbol extendíase patriarcal y clemente sobre las aguas verdeantes que parecían murmurar un cuento de brujas.

La vieja y la zagala, al encontrarse delante del atrio, se santiguaron devotas y temerosas. Las ovejas, que entraban apretándose por la cancela, derramábanse después en holganza, mordiendo la hierba lozana que crecía entre las sepulturas. Las dos mujeres corrieron de un lado al otro por juntar el rebano y luego lo guiaron hasta la fuente donde las ovejas habían de beber para que quedase roto el hechizo. Las ovejas acudían solícitas rodeando la balsa, y en el silencio de la noche sentíase el rumor de las lenguas que rompían el místico cristal de la fuente. La luna espejábase en el fondo inmóvil y blanca, atenta al milagro.

Mientras bebía el ganado, las dos mujeres rezaban en voz baja. Después, silenciosas y sobrecogidas por el aliento sobrenatural del misterio, salieron del atrio. El rebaño ondulaba ante ellas. La luna se ocultaba en el horizonte, el camino oscurecía lentamente, y en los pinares negros y foscos se levantaba gemidor el viento. Las eras encharcadas y desiertas ya habían desaparecido en la noche, y á lo lejos brillaban los fachicos de paja con que se alumbraban los mozos de la aldea que volvían de rondar á las mozas. Las dos mujeres, siempre en silencio, seguían tras el rebaño, atentas á que ninguna oveja se descarriase. Cuando llegaron al descampado de la venta, ya todo era oscuridad en torno. Brillaban sólo algunas estrellas remotas, y en la soledad del paraje oíase bravio y ululante el mar lejano, como si fuese un lobo hambriento escondido en los pinares.

iAh! ¿Dónde estamos? ¿Ha sido todo un sueño? Horas de tren, horas de tren, horas de tren... Despertamos como de un sopor profundo. ¿Dónde estamos? Otra vez la baraúnda cortesana, el estrépito, los periódicos, el Congreso. ¿Ha sido todo una alucinación? ¿No habremos estado en la remota Galicia? ¿No será aquel país, misterioso y lejano, con su mar fosco y sus montanas trágicas, una leyenda de una hermosura insuperable?

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz [1873,1967], Azorín

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